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SUDÁFRICA: Crónica de una aventura fascinante

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SUDÁFRICA: Crónica de una aventura fascinante

Mensaje por Talisman el Dom Feb 03, 2013 7:34 pm

La camioneta todo terreno se detiene en medio del camino, poco más que una huella en la fascinante geografía de Sudáfrica. Es momento de hacer silencio y mantener expectantes los sentidos. A un costado, se oyen crujir ramas pisoteadas y algunos árboles se sacuden pese a que no hay viento. Algo grande se acerca, pero la vegetación lo oculta. Fin del misterio: un elefante teñido por la tierra rojiza se asoma y empieza a cruzar el camino a 20 metros de donde estamos. Luego aparece otro. Y otro más, con su cría. Es una manada completa.


Parece no importarles la presencia de los turistas hasta que el líder del grupo, un animal de seis toneladas, se aparta y enfrenta al vehículo. Amenazante, agita sus inmensas orejas y con la trompa se tira polvo sobre el lomo. Christian, el conductor y guardaparques, decide que es momento de alejarse, pero al intentar dar marcha atrás, otro macho de inmensos colmillos cierra el paso a nuestras espaldas. ¿Estamos atrapados? Bheki, el tracker o baquiano, golpea la chapa del Land Rover para espantarlo.

Tras unos segundos de tensión, lo logra y Christian completa la maniobra. “Tranquilos. Cuando un elefante está por atacar, baja la trompa y embiste sin ninguna actitud intimidatoria previa. El jefe de la manada sólo nos marcó su presencia”, se apura en aclarar Christian con una sonrisa. Hay algo de alivio, mucha adrenalina y una certeza: en esta tierra salvaje, el hombre es un invitado que no pone las reglas.

La provincia de Kwazulu-Natal está considerada una de las mejores regiones de Sudáfrica para hacer safaris. Tiene quince reservas privadas y una estatal donde la rica fauna vive en su hábitat natural. También es el territorio de los legendarios guerreros zulúes, la tribu que el mundo conoció a través de la serie televisiva que retrató la historia de Shaka, su gran rey, convertido en ícono por su lucha contra la colonización británica a principios del siglo XIX. Para los extranjeros, las visitas a la región en general arrancan en Durban, la ciudad bañada por el océano Indico que tiene el puerto más importante de Africa. Está a una hora de vuelo de Johannesburgo y, apenas llega, el turista se sorprende con su moderno aeropuerto e infraestructura vial, legado del Mundial de Fútbol 2010.

Encuentro con los Big Five

La combi pone rumbo al norte y la trama urbana queda atrás. De un lado, el mar. Del otro, los campos de caña de azúcar (principal cultivo junto a los cítricos) y las colinas comienzan a transformar el paisaje. Pasan kilómetros y todos los tonos de verde posibles. Cada tanto, al costado de la ruta quiebran la monotonía pequeños pueblos de campesinos con viviendas zulúes de techos de paja redondos, denominadas rondavel .

Luego de desandar unos 400 kilómetros, los últimos por camino de tierra, arribamos a la reserva privada Thanda. Un cartel en la entrada avisa que en sus 14.000 hectáreas habitan elefantes, búfalos, rinocerontes, leones y leopardos, los famosos “Big Five” o “Cinco Grandes”, como se conoce a este grupo de animales que todos los viajeros quieren ver.

Christian y Bheki dan la bienvenida. Mientras un ayudante carga todo el equipaje en una camioneta que irá directamente al lodge, ellos invitan a subir a la camioneta de safari. Antes de partir, marcan algunas pautas. Está prohibido gritar, pararse, sacar los brazos y bajarse del vehículo, para evitar peligros. Ahora sí, el potente motor acelera y la 4x4 sin techo avanza en medio de la sabana: hay que aferrarse bien por los pozos y agachar la cabeza ante cada rama baja. El baquiano va sentado en una silla sobre el capó. Rastrea las huellas de animales y marca el camino al guardaparques. Pocos minutos les lleva encontrar jirafas. Con sus cabezas sobresaliendo entre las copas de los árboles, mastican hojas junto al camino y no se espantan. También se ven impalas, los antílopes más comunes y habitual presa de los felinos. Lo consideran su “fast-food”, dicen los que saben. Después ocurrió el episodio con los elefantes y no quedó tiempo para más, porque el sol se ocultó y la temperatura bajó abruptamente.

De noche arribamos al Luxury Lodge, ambientado al estilo zulú. Allí, rápidamente el frío pasa a ser un recuerdo luego de un tazón de café con unas gotas de amarula, el licor africano que se hace en base al fruto del árbol marula. El complejo cinco estrellas, sobre la ladera de un cerro, tiene nueve suites y fue pensado para que los huéspedes sigan en contacto con la naturaleza aun cuando descansan. Cada habitación de 220 metros cuadrados –se llega por senderos– tiene deck con jacuzzi al aire libre y vista privilegiada.

La costumbre aquí es acostarse y levantarse temprano, para aprovechar al máximo las salidas con luz natural en busca de animales. Tras la cena, un empleado acompaña a cada visitante a su habitación. Las sendas están iluminadas por antorchas y su linterna. Nos recuerda que si de noche necesitamos salir de la habitación, pidamos por teléfono que alguien del complejo nos vaya a buscar, ya que ningún alambrado ni protección aísla al lodge de la sabana y pueden acercarse animales peligrosos. También sugiere mantener las puertas y ventanas bien cerradas.

Con estas recomendaciones, cuesta no prestar atención a cada ruidito nocturno. Más aún, cuando se escucha un chillido que va acercándose hasta tenerlo del otro lado de la pared. Finalmente, el sueño vence. Al otro día nos enteramos de que ese ruido era una hiena.

Aunque recién amanece ya estamos listos para emprender otro safari tras un rápido café. Partimos en busca de leones, pero al principio no acompaña la misma suerte que en la jornada anterior. Más de una hora dando vueltas y nada. Ni leones ni ninguno de los demás “Big Five”, aunque sí jabalíes, cebras, antílopes y pájaros llamativos.

Bheki se baja de la camioneta, estudia unas huellas, pero llega a la conclusión de que no son frescas. Seguimos andando y por handy llega la noticia esperada: desde otro vehículo que recorre la reserva avisan que encontraron leones. No estaban demasiado lejos. Los descubrieron descansando sobre un barranco, bajo el tibio sol de la mañana. Un macho, cuatro hembras y cuatro cachorros, que bostezan y están echados. La Land Rover se acerca a unos diez metros y ninguna barrera nos separa de uno de los animales más feroces. Christian se anticipa a la pregunta: “No atacan ni huyen porque ven al vehículo y a la gente que va arriba como una masa de gran tamaño, que no representa una presa ni un peligro para ellos. Si alguien se bajara, reaccionarían de otra manera”. Faltaba más.

Cuando el recorrido del safari estaba por terminar, Bheki divisó otro felino entre pastos bajos: un chita (o guepardo), el animal terrestre más veloz del mundo, capaz de correr a casi 120 km por hora. Un macho adulto que repite un sonido agudo, melancólico: llama a su hermano gemelo, que se separó de él para ir tras una hembra en celo. Indiferente, en su deambular pasa al lado nuestro, casi al alcance de la mano, con su hermosa piel salpicada de manchas oscuras. Increíble.

En un claro de la selva nos esperaba el desayuno. Bajo los gazebos, entre huevos revueltos y tostadas con salmón ahumado, festejamos la experiencia. “Tuvieron suerte. Otros están más tiempo y no ven tantos animales”, afirma Bheki.

Danzas tribales

La siguiente escala del viaje –tras casi dos horas de combi– es el Estuario de Santa Lucía, otro paraíso para los amantes de la naturaleza, declarado Patrimonio de la Humanidad. Formado por una red de lagos, tiene 66 kilómetros de largo y desembocadura en el Indico. Sus pantanos albergan a más de 300 tipos de aves, peces y anfibios. También abundan los hipopótamos, que sólo asoman del agua sus ojos y bocazas, y los cocodrilos, siempre al acecho, mimetizados entre la vegetación ribereña. Todo el tiempo salen excursiones en catamaranes para observarlos. Sobre la costa está el pintoresco pueblo de Santa Lucía, con amplia oferta de cabañas y bungalows.

“Sawubona”, saluda un zulú con un “hola” en su lengua. Para conocer las tradiciones y la cultura de la tribu que es símbolo de la región, estamos en Shakaland, una aldea turística a 180 kilómetros de Durban, donde se muestran sus prácticas ancestrales. Aquí se filmó parte de “Shaka zulu”, la miniserie de mediados de los 80 que retrató la vida de su jefe más famoso.

Hay 55 cabañas con techo de paja, baño privado y TV, separadas de las chozas donde se recrean las costumbres y viven algunos integrantes de la comunidad. La entrada a esta área está custodiada por postes con cuernos de animales y el enorme cráneo de un elefante. El guía, un zulú con taparrabos, cuenta que en su pueblo los hombres acostumbran a tener varias esposas. “Hay un caso famoso de un hombre con 35 mujeres y 106 hijos”, sorprenden.

Después llegan las demostraciones: de elaboración de vasijas, de posiciones de combate por parte de dos guerreros dotados de escudos y lanzas cortas, y de cómo preparan la cerveza de maíz blanco fermentado. El momento de beberla es una ceremonia en la cual primero toman todos los hombres. El aspecto lechoso y denso del líquido no entusiasma demasiado, pero hay que animarse a darle un sorbo, aunque sea corto y sin respirar. Al principio en la boca se presenta agradable, con gusto a levadura, aunque luego prevalece un sabor muy agrio.

El ritual más enigmático es el de sus danzas tribales. Adentro de la enorme choza del jefe, con él en el trono flanqueado por su familia en una especie de altar, chicos y adultos bailan extasiados al son de los tambores. Su energía se siente y contagia. Todos repiten un movimiento: llevan sus pies descalzos lo más alto que pueden y los bajan violentamente para hacerlos sonar contra el suelo, como si pisaran un insecto. La semipenumbra, cantos y alabanzas terminan de dar forma a una atmósfera única, aires de misterios y leyendas.

Cada momento en Shakaland invita al asombro. Durante el desayuno aparece una anciana muy respetada entre su gente: la sangoma , la adivina que tira huesos de animales para leer el futuro.

Verano en Durban

Luego de dormir en medio de la sabana y de los zulúes, retornamos a la ciudad. Durban, de 3,5 millones de habitantes, es la tercera más poblada del país, aunque no tiene el caos habitual de una urbe tan populosa. El tránsito fluye sin embotellamientos por sus anchas avenidas. Se trata de uno de los destinos preferidos por los sudafricanos en verano, para disfrutar de sus aguas cálidas, paraíso de surfistas y amantes del buceo: los más audaces se animan incluso a sumergirse entre tiburones.

En la zona céntrica se extiende la Golden Mile (Milla Dorada), un paseo costero de 6 kilómetros con playas amplias, muelles, palmeras, restaurantes y los hoteles más caros. Se la puede recorrer en rikshas, carros de dos ruedas tirados por hombres. Son parte de la influencia de India, cuya cultura convive aquí con la de los zulúes.

Los hindúes empezaron a inmigrar a fines del siglo XIX para trabajar en las plantaciones de caña de azúcar. Actualmente manejan buena parte del comercio. El Mercado Victoria surge como punto neurálgico de su barrio, al oeste del centro, caracterizado por los puestos callejeros y tiendas donde se impone el regateo. Un buen lugar para comprar artesanías y especias.

Además de su perfil cosmopolita, Durban se luce con su equilibrio entre lo antiguo y lo moderno. El casco histórico, en torno a la plaza Farewell (que recuerda el lugar donde se construyó la primera vivienda en 1824), deleita a partir de su arquitectura victoriana y eduardiana: el Ayuntamiento, la oficina de correos y el Teatro Colonial son edificios centenarios muy bien conservados. La cara joven la representan los lujosos shopping Gateway, The Pavilion y Galleria, casinos al estilo Las Vegas, la movida nocturna en Florida Road, el estadio del Mundial de Fútbol 2010 y el Shaka Marine World, uno de los acuarios más grandes del mundo. Una ciudad intensa, que en su aeropuerto despide al visitante en zulú: “Hamba kahle”.








IMPERDIBLE

Los matices de Johannesburgo

En Johannesburgo se puede conocer la gesta de Nelson Mandela contra la segregación racial. El Museo del Apartheid conmueve desde la entrada, con una fuente de agua que simboliza las lágrimas derramadas en ese período terminado hace dos décadas. En columnas de cemento se leen las palabras como “libertad”, “respeto”, “diversidad”, “reconciliación”, “igualdad” y “democracia”, ideales que guiaron la lucha. Videos, fotos y documentos muestran la discriminación a los pobladores originarios por parte de la minoría europea.
Soweto, el barrio donde creció Mandela, fue la máxima expresión de la oposición a ese régimen. Reflejo de la transformación que atraviesa Sudáfrica, lo que antes era un suburbio inaccesible por su peligrosidad, hoy está urbanizado y recibe cada vez más turistas. Las visitas se concentran en Vilakazi Street, la única calle del mundo donde vivieron dos Premio Nobel de la Paz: el obispo Desmond Tutu (ícono de la pelea por la igualdad) y Mandela, cuya casa (de los años 60, antes de ir a prisión) muestra impactos de bala en las paredes.
Además, en Soweto se consigue comida típica y artesanías. Otro imán son las torres Orlando, central eléctrica en desuso que hoy es un complejo de música electrónica y bungee jumping. De noche la movida se centra en Mandela Square (un shopping en el exclusivo barrio Sandton) y Melrose Arch, con sus comercios y calles empedradas en las que se ven celebridades.



MINIGUIA

COMO LLEGAR. South African Airways vuela sin escalas desde el aeropuerto internacional de Ezeiza, Buenos Aires, hasta Johannesburgo, Sudáfrica los miércoles, viernes y domingos a las 18.10. Desde Johannesburgo hasta Durban hay vuelos diarios cada dos horas. El pasaje ida y vuelta desde Ezeiza hasta Durban en clase Económica con impuestos cuesta desde US$ 1.420 hasta el 27/2 y entre el 18/6 y el 1/8 (en temporada alta); del 28/2 al 17/6 y del 2/8 al 2/12, el pasaje cuesta US$ 1.260 (en temporada baja). En clase Ejecutiva los pasajes cuestan desde US$ 5.280 todo el año. Para más informes y reservas: teléfono 4319-0099. En Internet: www.flysaa.com.

DONDE ALOJARSE. En la ciudad de Durban, The Concierge Boutique Bungalows: la habitación doble con desayuno cuesta desde US$ 125 (en la web, the-concierge.co.za).
En la reserva privada de Thanda cuesta US$ 530 la tienda de campaña de lujo para 2 personas en Tented Camp; en Luxury Lodge, US$ 965 la habitación doble. Incluyen pensión completa, bebidas y safaris.
En el complejo Shakaland: la habi-tación doble con desayuno, cena y demostración de tradiciones zulúes, cuesta desde US$ 270.
En Johannesburgo, en el Fairlawns Boutique Hotel & Spa, la suite Grande Chateau para dos personas con desayuno cuesta desde US$ 517.

MONEDA. La moneda sudafricana es el rand. Un dólar equivale aproximadamente a 8,70 rands, pero hay que tener en cuenta que las casas de cambio y bancos cobran elevadas comisiones y, finalmente, el turista recibe no más de 7,50 rands por dólar. Por eso, conviene consultar antes de cambiar.

ATENCION. En Sudáfrica se pueden hacer safaris todo el año, pero la mejor época es el invierno: hay menos vegetación y los guías encuentran a los animales más fácilmente.
Los argentinos no necesitan visa para viajar a Sudáfrica, pero es obligatorio presentar un certificado de vacunación contra la fiebre amarilla al ingresar. Tenga en cuenta que hay que aplicarse la vacuna, como mínimo, 10 días antes de viajar (Sanidad de Fronteras: teléfonos 4343-1190 y 4334-6028). Los operadores turísticos recomiendan tener una cobertura de asistencia al viajero por cualquier inconveniente de salud.


INFORMACION

www.southafrica.info
www.embajadasudafrica.org.ar
www.durbanexperience.co.za
www.joburgtourism.com
www.thanda.com
www.shakaland.com
www.fairlawns.co.za
www.the-concierge.co.za
www.vj-tours.co.za
www.mountziontours.co.za
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